16.2.10

Welcome to Tijuana (Parte 4)

Después de horas y horas de memorias, llegábamos al fin de la crónica; y con ella pareciera que la experiencia de mi compa por fin era asimilada del todo. La última parte de la narración comenzó de la siguiente manera...

Por fin llegó mi turno frente al vicario del código penal del Estado de Baja California. Siguiendo la liturgia, me enredé lo que alguna vez fue una casaca, similar a la de las construcciones o el aeropuerto, pero opaca, sucia y desgarrada de tanta criminalidad. Extendí mis manos, para las esposas y grilletes. –No.- Cambió de opinión el nuevo guardia -Déjate nomás los grilletes.- y levantó las esposas recién liberadas con la mano izquierda mientras llamaba a lista a otro más de los del pasillo.

Una vez asegurado, crucé por fin, la línea prohibida que marcaba la viaja sabana sobre la reja. Al otro lado, la negligencia de quien tapió las ventanas de la habitación me facilitó re-encontrarme con el sol. Agradecí su ineptitud y procuré interponer mi rostro al haz de luz el mayor tiempo posible. Una luz tibia como caricia. Tan bien se sentía que la ansiedad de conocer el resultado final del peritaje de mi situación por un momento desapareció.

Tiempo apenas tuve de pensar que la luz artificial era una de las cosas más desesperantes del encierro cuando se me ordenó cruzar la vieja y ominosa puerta de metal.

De regreso a los cubículos, los oficios y los licenciados me siento como en otro lugar, a cientos de kilómetros de distancia. Por esa sección, alfombrada y climatizada, limpia y ordenada si había pasado la formación media y media superior. Real y sin embargo también aparente, mi re-inserción a ese espacio fue la confrontación implacable entre el inframundo marginal, segregado y criminalizado de los parias de Tijuana y otro, de élites que determinaban de manera fría e impersonal el futuro de los primeros. Era la reproducción a escala de mi ciudad, de mi país y del sistema en el que vivimos. La súbita inmersión en el mundo de la burocracia también resalta los cientos de pequeñas convenciones, las decenas de ‘clicas’ de la 'gente bien' que se forman, reproducen e interiorizan en ese ambiente.

Ya en uno de los tantos cubículos que había visitado al comienzo de mi estancia, un chiste que sonaba a viejo, como si estuviera desgastado y remendado como un calcetín fue formulado por un custodio a mis costillas. La destinataria del chascarrillo, no rió. Era la misma mujer que en su momento me preguntó por mi estado de salud; la única persona dentro del enjambre judicial a quien vi comportarse más allá de la norma. La relatora de mi versión de los hechos.
En ella ví unos ojos cansados, una piel tal vez un poco más pálida que en la ocasión anterior y unos cuantos cabellos rebelándose frente un peinado realizado quien sabe cuántas horas antes. En otras palabras, el paso del tiempo oficial también hacia mella del otro lado de la balanza de la ley.

Intenté amenizar un poco la situación con un comentario que consideré simpático.

-Pareciera que nosotros, no somos los únicos encerrados.-

La mujer suspiró y mientras miraba al vacío admitió con tono de pregunta. –¿Si, verdad?- Para luego comenzar a manipular su ordenador en búsqueda de mi expediente.

Con dedos voladores escribió mi nombre y la palabra “alias” al lado de este. Sorprendido contengo la respiración pensando en si hubo algún mal entendido (y de haber sido así si habría de enorgullecerme o aterrarme), pero no. Mi seudónimo no era más que el producto de un error de captura durante la primera noche, un error de ortografía y nada más. Ejemplo perfecto de que el papeleo es capaz de quitarle el glamour a todo tipo de situaciones.

Siguiendo con la declaración, doy mi nombre (bien deletreado), dirección, teléfono, estado civil y demás datos que se mezclaban con párrafos prescritos y transmutados con la opción de cortar y pegar. Luego vino una serie de contraseñas, nomenclaturas y siglas que revistieron de solemnidad la de otra manera intrascendente historia del pipazo en la banqueta.

Procuré ser honesto y mantener la postura ética que siempre he defendido de que, al menos desde mi humilde opinión, la posesión y consumo lúdico del cáñamo sativo no es algo que amerite tal movilización de recursos tanto jurídicos y como materiales. Mi relatora se sonrió ante ese mal catalogado cinismo, así como lo hizo cuando le expliqué las razones de mi amorío con la dama verde: apetito, paz, tranquilidad, contemplación, inspiración… -En la mayoría de los casos solo dicen que los relaja- comentó mientras sus dedos repiqueteaban sobre el teclado.

Al tiempo llegó mi abogada pública y putativa. Mujer despampanante y mal humorada, del estilo de Rosa Gloria Changollan, la tesorito...

- Hacemos una pausa, mi amigo ríe y comparte los recuerdos que tiene de la única persona que podía haberle heredado esa forma de relacionar imágenes. La misma que es responsable de la existencia de este tipo de ejercicios.- Continuando con la entrevista con la abogada de oficio, mi amigo prosiguió.

Al presentarse la mujer, extendí mi mano hacia ella, pero supongo que le parecí peligroso ya que se limitó a mirarla de reojo para después voltear la vista e ir directo a su trabajo. Un trabajo que de tan repetitivo parecía más bien un encuentro de café con la capturista con la cual el vínculo de confianza era notorio. Hablaron sobre mi situación ignorándome olímpicamente. Y en esa especie de tertulia parecía que se invertían los papeles entre mi capturista aliada y mi supuesta defensora que se limitaba a enviarme miradas de reproche de cuando en cuando.

En eso estábamos cuando la entrada a la habitación de un hombre ridículamente delgado, calvo, de facciones de roedor y mirada esquiva hizo que ambas mujeres enmudecieran y tomaran un expresión seria. Llegaba el juez de la mesa estatal de averiguación previa Núm. VII, el cual regresaba de tomar algún tentempié o al menos eso declaraba la servilleta que frotaba sobre sus labios y barbilla.

En ese mismo momento se dirigió hacia mí y sin mediar saludo o presentación comenzó su interrogatorio. Percibí la violencia de sus preguntas, los vericuetos gramaticales que tomaba con la intención de hacer que me contradijera; la altivez de quien se sabe dentro de su pequeño coto de poder. Al cabo de un rato, aburrido ya, el soberano de la mesa VII da por terminado su ataque soltando a manera de recomendación una amenaza velada: -Hay que tener cuidado, un error en la declaración y… no, no. Derechito al penal…-

El resto de la declaración fue mucho más incómoda; sobre mi espalda sentía la mirada de buitre de aquel hombre. Temía que en cualquier momento saltaría sobre mi esgrimiendo la contradicción que me confinaría a las rejas, ó que encontrara un cabo suelto que diera pie a un nuevo embate de su parte. De hecho, hubo un momento que llegué a desear dejar esas salas climatizadas por estar de regreso en la segura penumbra de la celda, lejos de aquel hombre gris.

Pero aun faltaba para dar por terminada mi sesión en la mesa de averiguaciones previas. Parecía que los sucesos, coagulados durante el tiempo que había permanecido en la celda ahora se desbordaban uno tras otro. No había terminado mi desagradable experiencia con el juez cuando un chavo, más joven que yo y vestido con pantalón de vestir, camisa impecable y corbata de seda entró en la habitación.
Por su vestimenta (inclusive más arreglado que el mismo juez), edad y actitud, asumí que era algún estudiante realizando su servicio social o práctica profesional. El tipo seguramente habría pasado desapercibido de no ser porque, de alguna manera, directa o indirecta, también de dirigía a mi persona cuando entregaba el sobre amarillo tamaño oficio con lo que después me enteraría eran los resultados del peritaje.

A la llegada del documento juez y defensora se reúnen para analizar de manera conjunta los resultados emitidos. Y es el juez el que toma la iniciativa de compartir su recién adquirido conocimiento.

-Cin-co pun-to cua-tro gramos...- “Me cago..” pensé. -Pe-so bru-to, Cuatro punto seis peso neto- y sonríe maliciosamente al percatarse de mi expresión.
-Hubiera esperado más- le dice la abogada a su compañero de burla. -pa'que escarmentara...-.

Pero ya estaba hecho. Era mi momento de respirar a mis anchas. Con la declaración terminada y con la certeza de que la cantidad no excedía los límites de la sanción administrativa el resto de mi encierro sería simplemente esperar. Los minutos siguientes no podía contener mi sonrisa. Por otro lado me pareció que el el resto de las personas de la sala también se relajaron, como si hubiera dejado de ser el criminal con grilletes para ser una mera visita que venía de paso. Sin embargo, las reglas eran las reglas y aún quedaban aproximadamente seis horas de sanción que demandaban ser cumplidas.

Antes de cruzar la puerta de metal de regreso al área de celdas, le agradecí a mi aliada-relatora el apoyo que hasta la fecha no podría explicar de otra forma más que moral. -Ni lo digas. El hecho de que sean criminales no es excusa para maltratarlos...- Le agradezco de todos modos.

Fui recibido como quien regresa de un viaje. Con el barullo correspondiente a las entradas y salidas de los internos y con mis compañeros de celda haciéndome las preguntas de rigor: ¿cómo te fue pareja?, ¿qué te dijeron?, ¿qué hora es? La cuales traté de responder lo mas cabalmente posible.

Al parecer mi encuentro con el juez marcaría el inicio de la ronda de declaraciones correspondiente a nuestra celda. Al poco tiempo fue llamado Carlos, que al igual que yo se colocó la vieja casaca y puso su mejor cara antes de cruzar la puerta de metal. En la celda no pasó mucho tiempo. El barullo de mi regreso apenas había desaparecido cuando fue reactivado con la aparición del pandillero de la 18 en la galera de celdas. 'Portación de consumo personal. Sanción administrativa de 48 de retención.' Mismo dictamen, que celebramos con un choque de manos en son de mutua y reciproca felicitación.

Inclusive, el 'otro' Carlos, joven de escasos 19 años que había llegado ahí después de que la marina realizara un operativo sorpresa en su domicilio tras haber recibido una denuncia anónima sobre un punto de venta de CristalMeth, suspiro aliviado pues la única evidencia física en su contra hallada después del cateo era una carga de hierba y una pipa de agua.

Pero la alegría generalizada no duró mucho. Vio su fin con el regreso de Hassan, que con mirada al vacío y voz entrecortada con comunicó el dictamen de la mesa de averiguación: Media onza de marihuana (16 grs.), equivalente a 12 mil pesos de multa ó 18 meses de prisión en un CERESO federal...

Sentí una parte de esa cubetada de agua fría. Mi principal interlocutor y confidente, con quien había matado las últimas casi 40 horas de mi vida irradiaba, con la adrenalina a flor de piel una especie de grito silencioso; un lapsus que lo trasladaba hacia el abismo más solitario del planeta.

Después de la crisis, ya con la misma mirada de órbitas oscuras y pupilas salvajes que en su momento adquirió uno de nuestros compañeros de celda cuando narraba el testimonio de un asesinato que le había tocado presenciar; Hassan dijo de forma severa e inapelable a otro de los recién llegados el destino que habrían de compartir.

Las horas siguientes pasaron entre reflexiones libertarias y la lectura y firma de las declaraciones. En dos ocasiones mis estudios me volvieron la persona indicada para la lectura en voz alta de la declaración de los reclusos analfabetas que nos acompañaban. El préstamo excepcional de una pluma y una hoja de papel todavía permitió cierto intercambio de datos antes de que del cubículo del celador saliera mi nombre por última vez. Al oírlo, listo como estaba tomé mis últimos segundos en despedirme de todos los habitantes de ese lugar, especialmente del Gran Carlos y Hassan.

Tras dar unos pocos pasos después de oír cerrar la puerta del lugar que había sido mi prisión durante 48 horas, un grito me hizo mirar la celda por última vez. Ahí, pegado a la puerta de la celda asinada con una sonrisa casi de esperanza, el joven rapero me dirige por última vez unas palabras...

-¡Hey pareja! Hay que echarle ganas a la vida...- Me dice mientras levanta el puño como si, la no-depresión fuera un acto de rebeldía.

Le respondí de manera afirmativa, prometiéndome dejar un rastro, un registro que como un mensaje embotellado pueda ser encontrado con la dirección web que me había encargado de distribuir...

-Y este es el fin de mi historia compañero. Esa promesa es la razón de que exista la crónica de esas horas.- Dijo a manera de conclusión mi amigo. -Si en esa situación aun había chispazos de alegría, entonces nos queda todavía mucho que hacer aquí afuera.- sentenció.

Cronista y escribano nos miramos a los ojos, la gran aventura que con alegrías y miedos había sido narrada llegaba a su final.

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